El protagonismo femenino en la literatura infantil hispanoamericana: reparación de ausencias
Por Lidia Díaz

Quizá sea reiterativo afirmar que la literatura para niños escrita en castellano adolece de una histórica subestimación en cuanto a estudios críticos que aporten significativamente a su consideración y examen.

Quizá sea también demasiado obvio remarcar que la visión que ha predominado en la literatura infantil hasta hace poco tiempo -y en muchos aspectos aún vigente- la condenaba a ser un mero subproducto cultural edulcorado y jibarizante, o a funcionar como un limitado instrumento del didacticismo, en un marco moralizante y prescriptivo, condicionado además por el consumismo y los juegos nada infantiles de las leyes del mercado.

Lo cierto es que la literatura infantil escrita originalmente en castellano -no nos referimos a traducciones- no ha logrado instalarse aún en un firme espacio de reflexión propio, que dé cuenta de criterios y condiciones que ameriten o descalifiquen -con fundamento- los productos de un corpus sumamente heterogéneo y largamente contaminado por modelos dictados desde Disneylandia; un espacio en el que se superen los clásicos pintoresquismos facilistas, y los trabajos críticos se distancien de la tradicional reivindicación de repertorios eficaces en términos de comercialización, pero que empequeñecen la cosmovisión del lector, en lugar de ofrecerle una experiencia estética que realmente incentive en él el amor por la lectura.

Es a partir de esta concepción validatoria que en diversos países de Hispanoamérica, sobre todo México, Colombia y Argentina, surgen en la literatura infantil nuevas estrategias de construcción discursiva, y se van planteando refrescantes espacios de análisis.

La presente es una brevísima e incompleta mirada a uno de los tantos elementos que reclaman de relecturas y replanteos: la problemática de representación del personaje femenino en los cuentos para niños; personaje que pareciera padecer de una sistemática condena: la de perpetuarse en los márgenes y estereotipos dictados desde fuera del mundo representado.

Si bien afortunadamente es posible reivindicar nuevas tendencias y perspectivas que en los últimos diez años, especialmente, se proyectan como prometedoras expresiones de cambio, también hay evidencia de que en los cuentos para niños se ha manejado mayoritariamente un personaje femenino que se limita a roles rígidos y esquemáticos de dudoso protagonismo, reforzando convenciones que son producto de un sexismo doblemente peligroso cuando el receptor es un niño. Si tenemos en cuenta que los roles se aprenden sobre todo desde la infancia, es en cada cuento, en cada relato, cómo las gotas de la memoria colectiva se filtran en las raíces más profundas de nuestro inconsciente. Desde una perspectiva de género, los mensajes inscritos en el discurso tradicional del modelo hegemónico cultural, permean en la narrativa infantil a través de una compleja red de relaciones de familia, costumbres y códigos de conducta que se integran en el tejido textual. Es así que cuento tras cuento, se han ido transmitiendo y preservando moralejas que han resultado ser funcionales para el operativo de inculcar aquellos valores que el sistema considera convenientes como reflejo del “deber ser”, y donde se suele proponer como natural una imagen de niña-mujer bonita, pasiva, sumisa y en lo posible no-pensante.

Es obvio entonces que si la lectura funciona en la infancia como forma clave de internalización de papeles y estructuración de la identidad, estos modelos implican en las niñas un proceso de aprendizaje signado por la autosubestimación y la conformidad con preceptos heredados que perpetúan y refuerzan estos mecanismos de desvalorización. Y esto se ve avalado aun más cuando hay evidencia de que en los libros de lectura que se usan a nivel primario, por ejemplo, el porcentaje de historias centradas en varones en relación con historias centradas en niñas es notablemente inferior. Y aun en el caso de que se maneje un personaje femenino que desempeña un rol más o menos relevante, suele ocurrir que su caracterización está fijada en trivializaciones y encajonamientos. Los varones en estos textos hacen muchas cosas: juegan deportes, hacen magia, tienen aventuras peligrosas. En contraste, las niñas juegan con muñecas o cocinitas, o si ya están en edad de merecerlo, viven esperando que les llegue el zapatito de cristal que les cambie la vida; pero difícilmente encarnan un personaje independiente, con iniciativa o emprendedor de acciones centrales o determinantes sobre las que gire la trama textual.

El tema del sexismo en la literatura para niños se presenta con rasgos diversos que operan en términos de reiterar patrones extratextuales fácilmente reconocibles, por ejemplo:

a) la figura de la madre abnegada y discreta, sufrida víctima que sacrifica su vida por el bien de su familia, y se desplaza por el texto sin autonomía ni relevancia, casi como una sombra; raramente es representada como parte de una trama social laboral con una profesión u ocupación equiparable a la de los personajes masculinos;

b) la bruja o hechicera del cuento folklórico tradicional, maldita que siembra el terror y la inseguridad; en esta categoría suelen entrar las madrastras, ese contingente de indecentes que ni sospechaban en su época de lo actualizado que iría a ser su rol siglos después, y de qué manera este tipo de representación iría a hacer impacto en la proliferación que hoy existe de lectores hijastros;

c) la damisela etérea y angelical, o la pobre sirvienta que espera ser resarcida de su pobreza por obra y gracia de un milagro o por la fortuna de ser descubierta por un varón gracias al cual se transforma en una verdadera persona;

d) la niña que, generalmente indefensa y dependiente, responde con dedicación a lo que supuestamente se espera de su “femineidad”, y que raramente se constituye en protagonista o hacedora: su función en el texto suele ser la de apoyar logísticamente la acción y admirar las maravillosas aventuras de que sí son capaces sus héroes masculinos.

Por otra parte, es común ver presentado al personaje femenino mediante trazos demasiado previsibles, sin mayor complejidad ni matices. O, dado el caso de que su presencia se perfile rompiendo el estereotipo, este personaje se configura como un cierto prototipo de niños de segunda categoría, despojando a la figura femenina de los rasgos típicos que signaban su femineidad y en el marco de una supuesta transgresión genérica que le confiere, entonces sí, la consabida autoridad para comportarse como su correlato masculino, o sea, tiene que virilizarse para obtener licencia de protagonista.

Por otra parte, aunque es importante resaltar el esfuerzo que se evidencia en nuevas tendencias que se proponen cambios en el peso y la calidad del protagonismo femenino, la incorporación femenina al papel protagonista en muchos casos se ubica todavía en la línea de la “mujer cuota”, y aún no forma parte de un operativo global que pueda neutralizar el discurso discriminatorio tradicional.

De todos modos, son pasos significativos que forman parte de propuestas que, como sugiere Laura Devetach, desacralizan modos convencionales de transmitir sentido, en los que abunda…

[…] ese desfile de personajes (femeninos) a los que nunca les pasa nada que valga la pena[…[ (contados en) […] un conjunto de historias dulzonas de inevitable final feliz, con nenas, mujeres y ancianitas siempre dispuestas a vivir en borrador

Estas nuevas estrategias y proyectos de escritura que en el mundo hispanohablante intentan redefinir el imaginario infantil a través de otros ejes, van integrando un valioso corpus de productos textuales que proponen personajes femeninos que sí pueden ser exitosos tomando las riendas de su destino; voces que se aventuran por ámbitos que superan la consabida literatura rosa, cursi o condescendiente; personajes que le dan un nuevo giro a los cuentos infantiles para transformar esos esquemas habituales de representación que de una manera u otra han polarizado a niños y niñas, asignándoles mecánicamente actitudes y quehaceres lapidados por las convenciones.

Propuestas, por ejemplo, como las de Los zapatos de fierro, del mexicano Emilio Carballido, donde María desencanta a un príncipe que se había convertido en lechuga y vive múltiples peripecias inusuales para un personaje femenino tradicional.

O el caso de La princesa y el pirata, del español Alfredo Gómez Cerdá, donde la princesa Filomena, que vivía en su torre de marfil y plata rechazando uno tras otro a sus admiradores que llegan de otros cuentos famosos a conquistarla, hasta que decide -ELLA DECIDE- escaparse de su propio cuento nada menos que con un pirata, dispuesta a navegar por la vida como ella soñaba, y no como se la imponían, desafiando así el desenlace que previsiblemente le tenía reservada la tradición cuentística.

O la protagonista de El diario de Carmen, del argentino Alejandro Brandes, que quiere ser andinista y treparse al Aconcagua, y enfrenta a quienes intentan disuadirla de semejante empresa porque “esas son cosas de varones”.

Estas nuevas propuestas son el reflejo de serios cuestionamientos a la ideología que sostuvo durante tanto tiempo una escritura sexista y prejuiciosa. Sin embargo, es importante estar alertas al riesgo de caer en el extremo opuesto de desplazar los elementos que eran puestos negativamente en las niñas o en otra figura femenina, cargándolos sobre el niño o el personaje masculino.

La transformación paulatina de estas pautas de representación textual en el panorama de la literatura escrita para niños en castellano es sin duda una saludable superación de siglos de continuidad discursiva patriarcal y discriminatoria, que se fue materializando en construcciones textuales basadas en estereotipos, tanto femeninos como masculinos.

Como dice Margarita Robleda,

Me encantaría leer un cuento donde el muchacho realizador de la hazaña sorprendiera a todos con un: “Gracias, su majestad, por la mano de la princesa, pero yo, francamente, tengo ganas de recorrer el mundo, no tengo ganas de casarme pronto… Disculpe, vio, no es nada personal”.

A lo cual sería oportuno agregar que quizá la susodicha princesa también tenga por ahora otros proyectos de realización personal, y entonces el cuento debería tomar otro rumbo, con personajes que rompen con obsolescencias y convenciones extemporáneas.

Irreverencias y aperturas…una nueva manera de concebir la literatura para niños; pero una literatura que movilice en la infancia el placer de una lectura desprejuiciada, donde se transgredan dogmas y márgenes, y los personajes femeninos tengan la oportunidad de reivindicar ese protagonismo que históricamente se les ha escamoteado.

Lidia Díaz
BIBLIOGRAFÍA

El protagonismo femenino en la literatura infantil hispanoamericana: reparación de ausencias

Cabal, Graciela. Mujercitas ¿eran las de antes? y otros escritos. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1998.
Carballido, Emilio. Los zapatos de fierro. Fondo de Cultura Económica. México, 1998.
Devetach, Laura. Oficio de palabrera. Editorial Colihue. Buenos Aires, 1996.
Gómez Cerdá, Alfredo. La princesa y el pirata. Fondo de Cultura Económica. México, 1991.
Robleda, Margarita. “Los cuentos que nos han contado, Vagón literario”. Alfaguara infantil, Año 1, # 4. México: 2001, pp.6-9.