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26 de febrero del 2008
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http://www.parati.com.ar/nota.php?ID=9605
Hikikomori
Encierro adolescente (Nota
de tapa)
Son
chicos de entre 13 y 20 años que, de un
día para otro, decidieron encerrarse en
su casa y perdieron todo contacto con el mundo
exterior. Se la pasan todo el día jugando
con la computadora, llegando incluso a perder
el hambre y el sueño. Se trata de un mal
que comenzó hace algunos años en
Japón, y desde allí se exportó
al mundo entero. Los especialistas aseguran que
en la Argentina los casos van en aumento después
de la crisis de 2001.
Son jóvenes que viven
en el encierro, pero no se trata de los participantes
de la casa de Gran Hermano . Son chicos que
se vuelcan a las nuevas tecnologías,
pero no como un juego sino para crearse una
realidad paralela. Tienen entre 13 y 20 años,
y en vez de ir al colegio, al trabajo o salir
a divertirse con sus amigos, prefieren quedarse
solos en su habitación y no tener contacto
con nada ni con nadie. Cada vez más adolescentes
de clase media y media alta son víctimas
del enemigo silencioso de estos tiempos: el
autoencierro, un fenómeno muy nuevo que
cada vez es más frecuente entre los adolescentes
de nuestro país.
La patología comenzó en Japón,
una de las sociedades más avanzadas del
mundo económica y tecnológicamente,
en donde en la actualidad uno de cada diez jóvenes
sufre este tipo de trastorno, lo que reveló
la alarmante cifra de más de un millón
de casos. Alertados por el fenómeno,
los especialistas japoneses decidieron buscarle
un nombre a la enfermedad, y entonces la bautizaron
como hikikomori, el nombre con el que ahora
se conoce al trastorno mundialmente y cuya traducción
al castellano sería “ aislamiento ”,
“reclusión” . Así, los hikikomori
se convirtieron en los protagonistas de una
realidad pavorosa: a pesar de ser muchos de
ellos chicos brillantes que tenían una
vida social y que de un día para otro
dejaron de salir a la calle, perdiendo todo
contacto con el mundo exterior durante meses,
incluso años. “ Los jóvenes japoneses
se ven exigidos social y culturalmente por el
éxito y el rendimiento de sus acciones,
ya sea en el ámbito académico
y laboral, como en el sentimental. Por eso,
cuando sienten que han fracasado en alguno de
esos aspectos, no están preparados para
atravesar esa decepción y deciden recluirse
herméticamente. Esto tiene un origen
múltiple: por un lado, la reducción
de la natalidad, por lo que las familias sólo
tienen un único hijo en el que depositan
todas sus expectativas, y por el otro, porque
la educación del niño está
dada por la madre, ya que el padre no tiene
esa función cultural y destina muchísimo
tiempo a su trabajo, quitándole al chico
el referente paterno. Otro factor importante
es la vergüenza que causa en la familia
esta situación, ya que están muy
pendientes de cómo son vistos por los
otros, y tener un hijo con estas características
es humillante, por lo que la familia decide
sostener esto en secreto, fomentando y sosteniendo
el conflicto sin capacidad para pedir ayuda
profesional. En los países desarrollados
existe además un culto a la soledad asociado
al anonimato que presentan las ciudades súper
pobladas, y la falta de cooperación entre
la gente lleva a graves fallas comunicacionales
en todos los niveles de la sociedad ”, opina
la doctora María Alejandra Clúa,
psiquiatra infanto-juvenil y directora del sitio
Mipsiquiatra.com.ar.
Si bien en Argentina el trastorno es aún
poco conocido, los terapeutas indican que se
ha vuelto llamativamente común de unos
años a esta parte, y la mayoría
de los casos se hizo visible después
de la crisis económica de 2001. La licenciada
Sonia Almada, psicóloga y directora del
Centro Asistencial de Salud Mental ArAlma ,
ensaya una respuesta al respecto: “ Hay que
destacar que todavía no se conocen las
causas, debido a que se trata de un desorden
muy nuevo y sería algo prematuro analizar
por qué llega una patología como
ésta a instalarse en nuestro país,
en donde tenemos una cultura tan distinta de
la japonesa. Pero no hay que perder de vista
que los adolescentes argentinos son hijos de
la crisis, y que muchos de ellos vieron a sus
padres desesperados y desesperanzados por los
acontecimientos que les tocaron vivir. Además,
la inseguridad y la falta de oportunidades recluyeron
a muchos adultos en sus domicilios, y eso fue
visto como un ejemplo permanente y perturbador
por los chicos. No obstante, hay que remarcar
que en todos los casos de hikikomori que he
visto en el consultorio existía una vivencia
traumática acarreada desde la infancia,
como ser una situación de abuso infantil,
la separación de los padres o la muerte
de un ser querido muy cercano. Ese trauma silenciado
durante los primeros años de vida termina
explotando en la adolescencia, con desenlaces
imprevisibles ”, explica la terapeuta.
Mal moderno
Miguel tiene 17 años
y lleva más de seis meses sin salir del
departamento que comparte con sus padres en
Saavedra. Su explicación al porqué
del encierro es siempre la misma: “ El mundo
es una mierda, yo no voy a ir a ningún
lado. ¡Si me obligan a salir, me mato!
”, amenaza cada vez que algún integrante
de su familia intenta alejarlo de su cuarto,
en donde transcurren las únicas actividades
que incluye, hoy por hoy, su vida: sentarse
frente a la computadora o al televisor, estar
despierto toda la noche, dormir de día,
comer poco y nada… Para Nicolás (19),
en cambio, este verano podría llegar
a ser liberador: después de haber estado
recluido durante cinco años, saldrá
nuevamente de vacaciones con sus padres y hermanos,
algo que la familia entera había postergado
desde el inicio del trastorno, para no desestabilizar
el supuesto “ orden ” familiar que estableció
el encierro de su hijo mayor. Después
de un largo tratamiento, el chico aceptó
viajar a la costa en un remise, pero sus padres
aún temen algún imprevisto que
los aleje de la meta soñada: sacar a
Nicolás por fin de la casa y que abandone
para siempre el aislamiento.
Así como a partir de los años
‘90 la anorexia y la bulimia se convirtieron
en flagelos entre las chicas, el autoencierro
es hoy el mal que aqueja mayoritariamente a
los varones de buena posición económica.
“Hay chicos que no sólo no salen a la
calle, tampoco se asoman al patio o al palier
del edificio. Estoy atendiendo algunos pacientes
que llevan años recluidos y en casi todos
los casos el trastorno comenzó de la
misma manera: primero dejaron de querer ir a
la escuela, después optaron por no ver
más a sus amigos, y finalmente llegaron
a recluirse todo el día en su habitación
y sólo salir para ir al baño –describe
la licenciada Almada y destaca la importancia
de la participación de los adultos frente
al problema–. Estos jóvenes tienden a
ponerse ermitaños y muy agresivos, y
sus padres tienen miedo de que si los obligan
a salir, puedan dañarse a sí mismos
o a algún integrante de la familia, entonces
permiten que su hijo se quede adentro. Además,
los papás tienden a sentir lástima
por el hijo encerrado y muchas veces eso atenta
contra los demás integrantes de la casa.
Como el síndrome no sólo es del
paciente sino familiar, con el tiempo toda la
familia está autorrecluida, sin vacaciones
ni salidas. Por eso es fundamental que los papás
que adviertan este tipo de conducta reconozcan
que tienen un problema y entonces realicen una
consulta con algún profesional ”, recomienda
la especialista, que en este momento atiende
en su consultorio doce casos de chicos que presentan
esta patología.
Según Stella Maris Rivadero, coordinadora
del ciclo de púberes y adolescentes de
Centro Dos , los hikikomoris no siempre son
fáciles de identificar: “ En la adolescencia
pueden aparecer períodos naturales de
aislamiento y de apatía, ya que se trata
de una etapa en la que los chicos tratan de
encontrar su identificación sexual y
adquieren una nueva idea de su cuerpo, que deja
de ser el de un niño, y los hace sentirse
como desubicados. Por eso es habitual verlos
tristes, tirados en la cama y sin ganas de hacer
nada –advierte Rivadero, al tiempo que aconseja
discernir aquellas conductas propias de los
jóvenes de ciertas actitudes anómalas–.
Es común que el adolescente alterne entre
la euforia y el encierro. Pero si el aislamiento
se vuelve crónico, los padres deben estar
alertas y pedir ayuda terapéutica. El
problema es que los adultos suelen no advertir
este trastorno porque ellos mismos tienen miedo
de lo que ocurre afuera y entonces ven con buenos
ojos que su hijo se recluya. ‘Es un chico muy
casero, pobrecito', es una de las justificaciones
que dan habitualmente los adultos, sin darse
cuenta de que sus hijos tienen un problema para
relacionarse con el exterior ”, sostiene Rivadero.
Si bien los hikikomori tienden a ser fanáticos
de la tecnología, llegando a jugar con
la computadora días enteros, sin parar
siquiera para dormir ni para ingerir alimentos,
los especialistas concuerdan en que los avances
tecnológicos no son los causantes del
encierro, sino más bien herramientas
que les permiten a estos jóvenes alejarse
aún más del afuera y construir
una realidad paralela, lejos de estímulos
externos como ser sonidos, sabores, olores y
texturas. Todas las percepciones del chico se
vuelven de la puerta para adentro y, en la mayoría
de los casos, ocurren frente al televisor o
a la computadora. “S e escudan en la virtualidad
por temor a recibir sensaciones reales, pero
no todo es culpa de la computadora. Hay un trasfondo
muy complejo que los lleva a pasar tantas horas
frente al monitor, porque muchos otros chicos
usan objetos tecnológicos pero siguen
teniendo una vida social. No se trata de un
fenómeno masivo, pero en este momento
se ve más porque hay mayor información
al respecto. Los padres están advertidos,
aunque no siempre llevan a los chicos a la consulta
porque les cuesta ver lo que realmente pasa
y entonces ellos también construyen imágenes
virtuales, negando la realidad del problema
”, dice Stella Maris Rivadero.
Un problema con solución
“ No se puede considerar el
trastorno de hikikomori como una entidad patológica
que se pueda extrapolar a todo el mundo, ya
que el componente cultural y social japonés
es diferente del de muchos países. De
hecho, este trastorno no se encuentra en los
manuales de clasificación internacionales
de patologías psiquiátricas, ya
sea el DSM IV TR (clasificación americana)
o el CIE 10 (clasificación europea) –considera
la doctora Alejandra Clúa–. En nuestro
país se observa un avance creciente de
los trastornos de ansiedad en sus más
variadas manifestaciones y a edades de inicio
cada vez más tempranas, siendo la fobia
social un trastorno sumamente incapacitante
y con algunas similitudes al trastorno de hikikomori.
Es importante poder hacer un diagnóstico
diferencial de cada caso en particular, ya que
existen múltiples patologías que
pueden confundir el cuadro, como crisis de pánico
con agorafobia, trastornos de personalidad esquizoide
o dependiente, depresión, ciberadicción…
Lo importante es llegar a la consulta, y cuanto
antes, mejor ”, recomienda la especialista.
En oportunidades se vinculó el mal a
las matanzas ocurridas en colegios y universidades,
en las que jóvenes solitarios asesinan
a sus compañeros y luego se suicidan.
Pero los profesionales aseguran que los hikikomori
pueden amenazar con matar y con matarse, pero
nunca llegan a hacerlo. “ La patología
del encierro no es un trastorno mental grave,
porque no incluye delirio ni alucinaciones,
y por eso es un problema que se puede superar.
Sin embargo, hay que dejar en claro que el chico
no dejará el encierro sin ayuda profesional.
El primer paso es trabajar con los padres y
realizar un tratamiento paso a paso… La recuperación
es tan larga como las reclusiones, puede llevar
años ”, concluye la licenciada Sonia
Almada.
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