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Domingo 2 de diciembre
del 2007 |
Sociedad
jovenes recluidos en su habitacion
El hikikomori ya llegó
a la Argentina
Significa “inhibición”
o “aislamiento” y es el nombre que
se le puso al trastorno que padecen actualmente
más de un millón de jóvenes
japoneses. Es, sin duda, el síndrome
nipón más conocido y tiene asombrado
al mundo entero. En el país ya se detectan
varios casos y se lo considera una tendencia
alarmante. Incapaces de cumplir lo que se espera
de ellos, muchos adolescentes reaccionan encerrándose
y hasta pueden llegar a ser violentos con su
familia. Pocos psicólogos lo tratan en
occidente y suelen confundirlo con fobia. Sociólogos
analizan cómo llegó al país.
Ermitaños del siglo XXI.
Por Daniela Pasik
Quedarse
en casa. Son jóvenes de entre 13 y 20
años que no pueden salir de su habitación.
Tevé, Play-Station y horas de sueño.
Ignatius Reilly se sentía un incomprendido
y pasó su juventud encerrado en la casa
de su madre, escribiendo en cuadernos baratos.
No necesitaba hacer nada más. Temía
salir a la calle y su universo se reducía
hasta que un día lo obligaron a buscar
trabajo. ¿Era el protagonista que creó
John Kennedy Toole para La conjura de los necios
una suerte de hikikomori literario de los años
50?
El hikikomori es el síndrome
nipón más conocido. Esta enfermedad,
causante del aislamiento social del que lo sufre,
cuenta con jóvenes japoneses que llegaron
a vivir en sus habitaciones durante una década,
o más. En Argentina comenzaron a registrase
algunos casos hace pocos años. Las estadísticas
no son claras, por lo novedoso del trastorno
en el país, y suele confundirse el diagnóstico
con fobia social o agarofobia.
Es normal que un jóven
se aísle y hasta es necesario para que
pueda construir su propia identidad. El tema
es, ¿cuánto tiempo? Cuando la
situación pasa de ser sólo de
reclusión es momento de que los padres
comiencen a preocuparse porque, sin duda, esta
es una tendencia que va en aumento entre los
adolescentes actuales.
“Ahora estoy trabajando
con el séptimo caso. Se padece este tipo
de trastorno en Argentina. A diferencia de Japón,
acá la presión no es social, sino
que viene de la familia. En general se pide
de estos hijos que sean más que exitosos
y hay enojo cuando fallan. El resultado termina
siendo la reclusión, como defensa”,
explica la licenciada Sonia Almada, directora
del Centro Asistencial de Salud Mental ArAlma.
La pregunta más evidente
es qué hacen estos chicos, en qué
gastan las horas. Y la respuesta no es demasiado
creativa: computadora, Play-Station, televisión
y dormir. No mucho más. “El hikikomori
es a los varones de hoy lo que la anorexia fue
a las chicas de los 90”, reflexiona Almada
y aclara: “No es el mismo volumen, pero
porque es muy difícil de diagnosticar.
Acá no corre peligro la salud física,
sino la mental, que es sobre lo que más
se tarda en consultar”.
Del
aislamiento al asesinato en masa
Cho Seung-hui, el surcoreano
identificado como el autor de la masacre
de Virginia Tech, fue un estudiante de
literatura hasta que el último
16 de abril sacó un arma y dejó
un saldo de 32 muertos y 29 heridos antes
de suicidarse. Lo describían como
una persona solitaria que apenas hablaba
y demostraba signos de violencia. Retrospectivamente,
especialistas aseguran que el autismo
que supuestamente le habían diagnosticado
en su infancia era el síndrome
hikikomori que, jamás tratado y
acompañado de otras circunstancias
como posible maltrato o abuso sexual,
haya desencadenado en una esquizofrenia
o trastorno bipolar. |
Tiene remedio. Estela cuenta
que le costó mucho llegar a entender
qué tenía su hijo: “Casi
nunca iba a ningún lado y de pronto,
un día, no salió más. Nos
alarmamos porque se ponía violento cuando
lo queríamos hacer ir al colegio. Todavía
nos preocupaba que se quedara libre y consultamos
a muchos profesionales. Siempre nos decían
que había que internarlo, pero por suerte
encontramos el diagnóstico correcto.
Ahora, poco a poco, Pablo está animándose
a ir a los lugares”.
Según cuenta la especialista,
la entrada a la casa es muy difícil:
“Suele haber mucha violencia y amenazas,
dicen que se van a matar, a vos, a tu familia...
Yo inicio la relación por mail y sms,
después voy y les hablo en persona. No
contestan y tengo paciencia hasta que empiezan
a decir alguna cosa. Para lograr que salgan
a la calle, se puede tardar hasta tres meses.
El readaptamiento a nivel de conducta –porque
hay que dar pautas y estrategias para cosas
simples, como comunicarse con extraños–
lleva más o menos seis meses. Ahí
se recupera la vida normal, pero con terapia.
Un alta total puede tardar años”.
Luciano,
que estuvo un año y medio en su pieza,
ahora pudo volver a la escuela y Esteban, su
padre, dice que toda la situación le
sirvió a la familia para entender muchas
fallas en las que habían caído.
“Las primeras salidas fueron con protector
solar, porque mi hijo estaba tan pálido
que podía lastimarse”, recuerda
Laura, la madre, y se alivia de poder contar
esto entre risas, porque sabe que es un pasado
superado, que ya no va a volver más.
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